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30 Septiembre 2014

Crónica de la Ultra Pirineu 2014 por Jordi Camprubí



Son muchos los motivos que nos llevan a apuntarnos a carreras que no hace mucho estaban reservadas a los fanáticos de la ultradistancia. A menudo hay un punto de temeridad, de saltar al vacío… pero también la voluntad de salir de nuestra zona de confort y adentrarnos en una nueva aventura. Con todo ello, lo que realmente importa no es saber qué nos motiva a hacerlo sino la ilusión y las ganas de soñar. Y la Ultra Pirineu 2014 es una carrera que te hace soñar.

Llegaba justo físicamente, con una fascitis plantar que ya hacía más de un mes que me molestaba. Para minimizar el daño había tenido que renovar las plantillas y, tres días antes de la carrera, estrenar unas zapatillas con el doble de amortiguación de las que llevo habitualmente. Sin ello, dudo que hubiera llegado hasta dónde lo hice.

Llega el día de la carrera y comienzo con los preparativos: desayuno energético, vaselina para el rozamiento, la ropa, la bebida con sales y un gel a mano. En la línea de salida muchos conocidos y amigos con los cuales intercambio palabras para tratar de destensarnos. 3,2,1… ¡¡¡VAMOS!!!

Salimos rápido y pronto me sitúo entre los 25 de cabeza, aún con los impedimentos en mente pero sin agobiarme demasiado. He venido a disfrutar y mi único objetivo es terminar sea como sea. Abro mis palos y veo que hay uno que no quiere terminar de subir y se empeña en permanecer en la posición corta. ¡Mierda! Lo intento una segunda vez pero no hay manera. Sé que por encima del Refugi de Rebost encontraré a mis amigos de Santpedor que han venido a animarme y me pregunto si se los tendría que dar a ellos. Lo que no esperaba es que me cruzaría con mi primo un poco más arriba, y sin pensármelo se los doy a él. Decisión impulsiva, y quién sabe si equivocada.



Al Niu llego en dos horas y empiezo la bajada confiando en que mis nuevas zapatillas no me hagan sufrir por la estabilidad. No había podido probarlas y me da miedo que puedan jugarme una mala pasada. Pero la bajada me va bien y me encuentro en un grupo de tres con quien compartiré kilómetros un buen rato.

La llegada a Bellver se hace larga. Salgo decimoprimero y avanzo con paso decidido hasta las primeras rampas de subida hacia el Coll de Pendís. Aquí pongo las marchas cortas y en poco rato me avanzan dos corredores más y, en poco rato, un tercero. En el último avituallamiento antes del Coll, veo a Núria pisándome los talones y directa hacia su cuarta victoria consecutiva. Hablamos un rato y le deseo mucha suerte mientras yo voy dirección al Prat. La bajada se me hace larga y sé que el Pas de Gosolans aún se me hará más duro.



En la subida reviento y voy a menos. Llego a la cima con ganas de volver a sentir mis piernas corriendo veloces, pero les cuesta obedecerme. Más abajo, me encuentro con mi hermano y con Laura, con quien había quedado en hacer un tramo hacia Gòsol juntos pero un esguince en el tobillo hace que no me pueda acompañar. De nuevo me encuentro bien y aprieto en el descenso. En Gòsol tengo a toda mi familia esperándome y lo tienen todo a punto para mí: frontales, térmica, batido, etc. Me siento y con calma lo guardo todo en la mochila.

Bebo un par de vasos de Coca-Cola, más fruta y salgo sin querer pensar en que ya me empiezan a fallar las fuerzas. Unos minutos más tarde me encuentro andando. De repente mi cuerpo ha dicho basta y no puedo correr. Me obligo a seguir andando pero al llegar al primer cambio de rasante aparecen las malditas rampas. Mi cuerpo no quiere seguir pero mi mente me obliga a llegar hasta Saldes y después el recorrido hasta Bagà se me hace insostenible. Conozco a la perfección este tramo y me hundo mentalmente. Tengo los pies doloridos, el tobillo derecho me arde y sólo el hecho de andar es un suplicio. Me aparto del camino y me voy hacia la carretera que lleva de Gòsol a Saldes. Desde allí llamo a mi familia para que me recojan.

Llegar hasta aquí ha sido un largo viaje. De muchas carreras en las piernas y de una temporada con más sombras que luces. Pienso en las malditas lesiones y en el poder de la mente, que en un momento puede llevarte desde la euforia hasta el infierno de la derrota. Toca replantearse muchas cosas y mejorar otras. Y sobre todo ser capaz de mirarnos a los ojos para ver si la llama de la ilusión sigue como el primer día.
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